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Estoy a unos días de casarme con el hombre de mi vida, mis planes renacen y se vuelven alegrías, creo que una vida entera no podré estar un día sin el, por que es él quien me hice una vez en el amor creer.
Solo días que espero para ser la dueña eterna de su corazón, que se desviva cuando por las noches me haga el amor, me enseñe a tocar el sueño eterno de amar por siempre hasta la eternidad, que quiera el cielo conmigo las noches por siempre pasar…
Han pasado años desde que nos casamos ante un altar, cuando nos juramos amor eterno sin ningún final, que siempre estaríamos juntos hasta el último minuto de nuestra vida así sin más, creyendo en el cuento de hadas que nos hicimos que según nunca acabara…
Todos los días el café por la mañana ahí estará, en la mesa preparado tal y como te gusta lo veras, el esmero de un desayuno sin ningún aprecio de una gran fidelidad, que pareciera fuera yo un simple objeto por que ya no hay algo mas…
Ya no hay caricias como antes las solías hacer, jugando en la alcoba por las noches al amar y al querer, tratando de recrear una escena hermosa de una película de pasión, en la cual caía al clímax donde eras el héroe y hacíamos hasta el amanecer el amor…
Pero eso acabo las mismas cosas le dieron un dulce sabor, aquellos juegos son solo una parte de la cotidianidad, de aquella relación que un día nos hizo juntos el universo alcanzar, para que todo quedara en algún tiempo dándole un mal sin sabor…
Aquellos sueños ya no se verán tan reflejados en la vida natural, aquellas emociones que me solías con el tiempo enseñar, ya solo son parte de una vida de depresiones que no anhelaba yo más, que pensaba como el “y felices por siempre por toda una eternidad”
Nuestra vida es solo un momento al cada despertar, aquellas cosas que hacemos siempre que no nos ayudan a ser más, la maldita monotonía que nos hace siempre recalcar, aquellas cosas que pensamos y no luchamos por poderlas en un momento dar.
Y todos los días veras por la mañana esa taza de café, esa costumbre que tiene un sabor a amargura y a hiel, que solo somos unos pequeños muñecos de una lejana pasión, aquellos que cambiaron su vida de emociones por una rutina de dolor.
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